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Existe la bóveda del fin del mundo?

Bóveda Global de Semillas de Svalbard está situada cerca de Longyearbyen en el archipiélago noruego de Svalbard.

Es el almacén de semillas más grande del mundo, creado para salvaguardar la biodiversidad de las especies de cultivos que sirven como alimento. Se conoce popularmente como “Bóveda del fin del mundo” (en inglés Doomsday Vault).

Frío, hielo, tierra vacía y desolación. Nadie podría imaginar que en un lugar tan yermo se albergara obra humana alguna. Menos aún una instalación que acaso sea una de las más importantes que haya construido nuestra especie. No hay exageración alguna si afirmamos que de su desempeño tal vez dependa en algún momento el futuro de la Humanidad.

Estamos en la isla noruega de Spitsbergen, a tan sólo unos 1.000 km. del Polo Norte, frente a la llamada Svalbard International Seed Vault (SISV), más conocida como “La Bóveda del Fin del Mundo”. Ampuloso, pero no inadecuado nombre para una construcción excavada en una montaña de roca desnuda que resulta poco espectacular vista desde el exterior, aunque por momentos nos permita casi situarnos en el escenario fantástico de cualquier film de Ciencia Ficción.

Quizá sea tan poco llamativa porque se desea que pase inadvertida. Inadvertida para ojos curiosos, e invulnerable frente a los ataques de la Naturaleza o a cualquier otro agente destructor. Sí, incluso frente a nosotros mismos. Pero ¿qué hay en el interior de esa montaña que sea tan valioso para salvaguardarlo así?

Semillas.

¿Sólo semillas? ¿Es posible que sean necesarias tantas molestias y precauciones para salvaguardar un producto tan corriente como lo son las semillas? Sí, porque no son semillas cualesquiera. Son un legado de nuestro pasado. Son las semillas que quizá en un futuro próximo puedan representar la diferencia entre sobrevivir y morir de hambre.

Sí, porque se teme que cualquier catástrofe natural o provocada por la mano del Hombre convierta en escaso lo abundante. Y sin exageración ni alarmismo, podríamos decir que ello podría acarrear un gravísimo riesgo para la Humanidad. Y ya en alguna ocasión le hemos visto las orejas al lobo. Según el Doctor Luis Ayerbe, director del Centro de Recursos Fitogenéticos del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias, “la hambruna que en el siglo XIX produjo la muerte y emigración de millones de irlandeses es probablemente el ejemplo más  dramático constatado del peligro de la uniformidad genética. La estrecha base genética de las patatas cultivadas en ese momento en Europa hizo que un ataque de tizón arrasase unas cosechas que constituían la base de la alimentación de Irlanda en esa época. Otro desastre agrícola causado por la uniformidad de los cultivos tuvo lugar en Estados Unidos en  1970, donde un ataque de taladro destruyó más del 50% de los maizales del Sur”.

Pensemos que no más de un centenar de especies nos suministran el 90% de la alimentación mundial y que sólo siete variedades de cereales abarcan el 50% del consumo humano directo. Imaginemos ahora el drama que puede suponer que un agente destructor cualesquiera los atacara y eliminara. Las hambrunas a nivel mundial serían terribles. ¿Y existe la posibilidad real de que se produzca una situación catastrófica?

La respuesta es afirmativa. Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de la rapacidad humana que ha eliminado numerosas especies animales en todo el mundo. Mucho más silenciosa, a menudo la pérdida de los recursos fitogenéticos pasa casi inadvertida. Sin darnos apenas cuenta, nuestra generación está destruyendo los esfuerzos de miles de campesinos que, durante siglos, trabajaron de sol a sol… Y ¿por qué podría suceder esto?

ADAPTARSE O MORIR

Durante millones de años, las sucesivas generaciones de seres vivos se han ido adaptando a las condiciones medioambientales del entorno donde nacían y crecían. Las plantas enfrentaban temperaturas extremas, sequías, plagas de insectos o de microorganismos y otras duras condiciones, y según nos ha enseñado la Teoría de la Evolución de Darwin, sólo las especies más resistentes se adaptaban y se reproducían, inscribiendo así esas características de supervivientes en su archivo genético. Los vegetales capaces de extender sus semillas por medios naturales, ya fueran transportadas por el viento, el agua o por distintos animales colonizaban otros hábitat, iniciando así la posibilidad de que dichas especies de adaptaran a nuevos entornos. A veces se producían espontáneamente híbridos con especies locales, hecho que también enriquecía el patrimonio encerrado en sus genes. La aparición del Hombre, y sobre todo cuando nuestra raza “inventó” la agricultura, hace unos 10.000 años, el hecho supuso una mayor difusión de una gran variedad de plantas. Tribus nómadas, viajeros y exploradores que transportaban sus semillas de un lugar a otro, incluso de un continente a otro aumentaron notablemente la difusión y con ellas la adaptabilidad a diversos medios de muchísimas especies. Sirva como caso más conocido el descubrimiento del Nuevo Continente, que permitió la llegada a Europa de nuevos productos como el maíz, la mandioca, las patatas, el chocolate, el maíz, los calabacines, los frijoles, los tomates, el pimiento, las piñas, las semillas de girasol o el tabaco.

Pero no fue hasta la segunda década del siglo pasado cuando supimos realmente la inmensa y maravillosa variedad logradas por las especies vegetales a lo largo y ancho del mundo. Fue un científico ruso llamado Nicolai Vavilov quien a partir de 1916 recorrió buena parte del planeta reuniendo una tal diversidad de especies que llegó a catalogar más de 200.000. Su increíble labor y su visión de largo alcance no fueron internacionalmente respaldados hasta que, bajo el patrocinio de la FAO, en 2004 se firmó el Tratado internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura.

NO CUALQUIER TIEMPO PRESENTE ES MEJOR

Es obvio para cualquiera que la famosa Revolución Industrial, que tan notable avance supuso para la Humanidad, junto a sus muchas luces, trajo consigo un gran número de sombras. El objetivo primordial de obtener beneficios rápidos y lo más cuantiosos posible eclipsó otros muchos aspectos que no midieron adecuadamente los impactos que se producirían a largo plazo. La mayor demanda de alimentos en todo el mundo, facilitada gracias a una red de transportes, estableció nuevos y numerosos mercados. Con todo ello, los consumidores acabaron optando por unas pocas variedades de frutas y verduras de mejor aspecto, tamaño y sabor, hecho que facilitó a los productores la simplificación en sus métodos de cultivo, y por ende una mayor rentabilidad. Pero tal situación redujo considerablemente su potencial genético. Pensemos, por ejemplo, que hacia 1949 en China los campesinos cultivaban en distintos puntos del país más de 10.000 variedades de trigo. En 1970, apenas quedaban 1.000.

La variabilidad genética -que es la capacidad del genoma en los seres vivos para crear mutaciones distintas, mutaciones que pueden ser capaces de adaptarse a condiciones extremas- se reduce también debido a que muchos de los cultivos tradicionales van desapareciendo a medida que los terrenos disponibles se dedican a especies no relacionadas con la alimentación humana, pero sí altamente rentables. Así sucede con ciertas plantas utilizadas en la producción de biocombustibles, o  árboles destinados al mercado de la madera como el eucalipto, los cuales forman inmensos bosques “artificiales” que, además, al perturbar el equilibrio natural causan grandes daños medioambientales. Y hablamos de los llamados “monocultivos”, esas enormes extensiones cubiertas de trigo, arroz, soja, café, naranjos o palmeras aceiteras. Fácil de imaginar qué podría suceder si una plaga que aún no supiéramos controlar atacara simultáneamente esos monocultivos. El hecho podría causar tremendas consecuencias económicas y/o alimentarias.

SEGURIDAD EXTREMA

Podríamos pensar que las semillas a las que nos referimos tienen su continuidad asegurada. Es verdad que China, Rusia, Japón, India, Corea del Sur, Alemania y Canadá disponen actualmente de los mayores bancos genéticos del mundo. Según la FAO, habría en total unas 1.400 colecciones repartidas por todo el planeta. Pero los expertos temen que ninguna de ellas reúna todas las necesarias condiciones de seguridad para lograr su supervivencia. La “Bóveda del Fin del Mundo” sí.

Este refugio, rodeado de ese barro perpetuamente helado llamado permafrost, está situado en un lugar tan frío que sus condiciones de conservación aún serían suficientes aunque fallara la refrigeración mecánica, se halla situado a 130 m sobre el nivel del mar con el fin de prevenir incluso la temida subida de los océanos si por fin el temido Cambio Climático acabara derritiendo los casquetes polares. Se llega a la bóveda a través de un túnel de 100 m de longitud excavado en pura roca y reforzado por una gruesa capa de cemento. El enclave está rodeado de un perímetro de seguridad vigilado por las autoridades noruegas, cuenta con una sólida puerta blindada, y se dice que la frecuente presencia de numerosos osos polares desaconseja merodear por los alrededores. Así que su precioso contenido está a salvo de terremotos, erupciones volcánicas, radiación de cualquier tipo e incluso -se asegura- de una posible detonación nuclear.

POR UN MUNDO MEJOR

Ninguna colectividad humana debería pasar por alto la deuda de gratitud que tenemos con el gobierno noruego, que ha gastado 2.250.000 € en la construcción de este silo, bajo los auspicios del Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos (FMDC), una ONG sin ánimo de lucro, si bien es preciso recalcar que el proyecto está abierto a cualquier tipo de donaciones. Desde hace casi dos años, varios países han empezado a enviar y almacenar gratuitamente las semillas de sus más preciados productos que, se recalca, serán siempre de su exclusiva propiedad y permanecerán siempre disponibles para ellos. Es de esperar que otras naciones hagan lo propio en un proceso que continuará hasta que se alcancen los cuatro millones y medio de semillas que son capaces de albergar sus tres cámaras con una capacidad de 1.200 m3 cada una.  Por ahora, el número total se aproxima rápidamente al medio millón. Sirvan como ejemplo las 70.000 variedades de arroz, y más de 60.000 de trigo que hasta ahora se han acumulado en Svalbard.

Es verdad que con su altruista actitud, Noruega ha conquistado la atención mundial. Durante su aún corta vida, la Bóveda ha atraído la presencia de destacados personajes de la política y la sociedad actual, desde el Secretario General de la ONU, el coreano Ban Ki-moon al ex presidente norteamericano Jimmy Carter,  la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright, el fundador de Google, Larry Page o el megaempresario de la comunicación Ted Turner, creador de CNN y vicepresidente de AOL Time Warner. Una admiración lógica vista esa inquietud humanista que tan poco frecuentes ejemplos tiene en el mundo. Ojala cumplan a conciencia la labor que se han propuesto realizar.

RECUADRO: EL INCREÍBLE VAVILOV

Nicolai Vavilov fue un visionario. Animado por aquél espíritu aventurero que caracterizaba a los científicos de la época, desde 1916 y durante 20 años recorrió el mundo entero buscando semillas “primitivas”, de las cuales llegó a reunir más de 200.000.

Después de la Revolución de Octubre, la nueva Unión soviética reconoció la ingente obra de Vavilov y le concedió los honores correspondientes -incluso una medalla de oro-, pues aunque él no era bolchevique, el Gobierno no pudo por menos que admitir que la obra por él emprendida rendía un beneficio cierto no sólo a sus compatriotas sino a toda la Humanidad.Pero como tantos otros benefactores de la especie humana, al final Vavilov acabó tropezando con la cerrazón intelectual de una dictadura. En 1940, por orden de Stalin, fue acusado de contrarrevolucionario, y sus teorías científicas, basadas en el más puro darwinismo, calificadas de “burguesas”, pues se oponían de plano a las ideas del científico oficial del régimen, Lysenko, cuyos principios basados en las teorías de Lammark demostraron ser científicamente falsas. Deportado a Siberia y mermado por el sufrimiento, moría en una de aquellas terribles prisiones del Gulag soviético en 1943. 

Pero mientras Vavilov entregaba la vida por sus ideas y por sus actos benefactores y las tropas del Eje destrozaban Europa, se producía un ejemplo supremo de heroísmo en uno de los llamados “Centros Vavilov”, concretamente el ubicado en Leningrado. Sitiada cruelmente la ciudad por los nazis, sin permitir que a ella llegara ningún tipo de alimentos, varios científicos encargados de cuidar aquellos cientos de sacos llenos de semillas -muchos de ellos llenos de trigo y otros cereales comestibles -que durante mucho tiempo habían preservado de las ratas y otros depredadores-, prefirieron morir de hambre antes que alimentar sus famélicos estómagos. Su única razón era  que lo allí almacenado era patrimonio de toda la Humanidad.

El nombre de Vavilov no fue rehabilitado hasta la década de los 60, en la Era Krushev. Su signo más visible fue bautizar con su nombre al Instituto de Botánica Aplicada de Leningrado.

RECUADRO: SEMILLAS EN ESPAÑA

En nuestro país, los encargados de preservar esas preciosas semillas de los cultivos tradicionales y que corrían peligro de perderse están en el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA (Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria) dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación, que en la actualidad reúne más de 50.000 muestras. “Esta conservación no sería en absoluto rentable para el agricultor –aclara el director, Dr. D. Luis Ayerbe-; por esta razón en todo el mundo son las administraciones públicas quienes se encargan de una labor tan relacionada con la seguridad alimentaria”.

Hay varias formas de preservar estos bancos de germoplasma. Si son plantas de reproducción vegetativa, las variedades se cultivan en huertos, renovándolos cuando las plantas envejecen, o métodos más sofisticados como el cultivo de pequeñas porciones de tejidos de las plantas, o bancos de ADN,  mientras que otras muestras se conservan a una baja temperatura homologada de -18º C, previo un proceso de desecación donde su humedad se reduce al 7%.

La preocupación humanista de esta gente resulta evidente cuando el Dr. Ayerbe asegura: “la desaparición de estas semillas tradicionales tiene una importancia genética y económica grande, pero si lo consideramos desde un punto de vista más amplio nos daremos cuenta de que también significa la desaparición de la cultura rural. La civilización actual todo lo uniformiza, y eso trae aparejadas muchas ventajas, pero también numerosos inconvenientes”.

LA BÓVEDA DEL FIN DEL MUNDO Y LA TORMENTA SOLAR DE 2012.

En los últimos tiempos han circulado algunos rumores que relacionan Svalbard con esa tormenta solar que según los expertos en física solar azotará la tierra hacia 2012, la cual, a su vez, coincidiría con ese supuesto final catastrófico de nuestro mundo anunciado por las Profecías Mayas. ¿Por qué si no también en el apelativo mediático de la Bóveda se habría incluido ese término de “fin del mundo”? Sin duda se puede especular, tanto los posibles daños que esa Tormenta podría causar, como fallos en las comunicaciones terrestres y satelitales, así como en las redes de distribución eléctrica.

Si de todo ello se podrá derivar un desastre generalizado para nuestra civilización o en unos simples trastornos que podremos, no sólo asumir, sino prevenir, es tema que los especialistas aún andan discutiendo.

Pero un importante detalle a tener en cuenta es que, según han informado las autoridades noruegas, la idea de crear un almacén para semillas amenazadas de desaparición surgió hacia 1983, cuando los expertos del Centro de Recursos Genéticos nórdicos, alertados más bien por todos los peligros que hemos visto amenazan a los recursos fitogenéticos del mundo, examinaron las condiciones de Svalbard, pero también otras zonas situadas en las montañas de Jotunheim, y en Groenlandia. Y tras solventar numerosos problemas políticos y administrativos, la Bóveda al fin empezó a construirse en 2007.

¿Sabía alguien en 1983 que en 2012 se produciría esa “tormenta solar perfecta”? Sea como fuere, bienvenida sea Svalbard.

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Comentarios

2 comentarios en “Existe la bóveda del fin del mundo?

  1. Bueno mi querido Explorer, ya va siendo hora que refresque su interesante blog, con otro de esos super articulazos…a ver cuando…un grandioso abrazote de osos.

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    Publicado por Rodolfo Cuevas | 10 abril, 2011, 5:37 AM
  2. Buenas Noches:
    En la Comunidad Autónoma de Madrid había un banco de semillas fantástico (era del Irida) no sé que habrá sido de él, pero me temo lo peor, dado que a la finca en la que estaba: EL ENCÍN “Egggperanzzita Ajjirre” y equuuipo ya han intentado darle salidas “más rentables” (supongo que para ella y sus “amiguuuitos”) desde querer montar una carcel PRIVADA de menores hasta hacer allí un P*t* campo de golf (que están estos pijillos que no defecan con ese deportito)
    Así que ya veremos como nos va en ese presunto doomsday hispano pero me temo que como siempre…
    Un saludo y VIVA ISLANDIA (Noruega también claro)
    WannabeIcelander

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    Publicado por WannabeIcelander | 4 abril, 2012, 6:00 PM

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